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Poema por Marybeth Acosta Chacín

Fotos por Nesmary Espina

Mi nombre es Saredo, tengo ocho años y vivo en un refugio desde seis meses. Mi familia y yo primero huíamos por la guerra, ahora nos refugiamos por la sequía. Mis necesidades son:

-Agua: desde hace tres años no llueve en mi país. Nuestros campos que antes eran verdes y fértiles. Ahora son marrones y áridos. La poca agua, traída del exterior, es peleada como el petróleo.         .

-Comida: desde hace meses no me alimento correctamente. Escuche que estaba en peligro y que era uno de los 780 mil niños somalíes que podía morir.                        .

-Seguridad: si eres reclutado o entregado a las milicias, éstas te darán alimento, pero a cambio tienes que combatir. Afortunadamente, mis padres sabían y no me entregaron a ellos. Para el infortunio de Lisha, quien fue entregada, ahora tiene que satisfacer los deseos carnales de los militares, además de, limpiar y cocinar para ellos.

Nos informaron que hoy era el Día Internacional del Niño y lo único que pido es agua potable para beber y bañarme, comida para no morir, un hogar y jugar libremente sin huir de la milicia.

El huésped cambiante

Escrito por: Héctor Francisco Silva Núñez (cero unidades)

Venezuela de 1964. Desde lejos ya se veía que era un campesino. Su sombrero de paja y sus ropajes manchados de tierra eran inconfundible pese a la distancia y el hecho de que estaba montado en un burro ya daba indicios. El hecho de ser el único transeúnte del empinado camino empedrado del barrio El coconito, en Tàriba, estado Tàchira, permitía robarle la mirada a la veinteañera Nancy Hernández, quien acababa de llegar a visitar a su familia desde el Zulia, donde había estado viviendo ya hacía varios años.

La muchacha veía al hombre como un ambulante más de aquella zona, hasta que el hombre, quien se le había acercado al frente de su casa, le habló: “¿Aquí vive la comandante Olga?”, preguntó. Nancy se mostró extrañada, pues que ella supiera, ni sus padres ni sus siete hermanos y hermanas habían obtenido algún rango militar, y más explícitamente, no había nadie llamada Olga que viviera en esa casa. “No, aquí no vive ninguna Olga”, respondió. “Pero a mí me dijeron que aquí vive la comandante Olga”. Nancy se sorprendió; normalmente otro hubiese pedido disculpas por la molestia, pero este hombre parecía muy seguro de lo que decía.

La muchacha dejó al campesino en suspenso y se metió a la casa. Al preguntarle por “Olga” la madre de Nancy respondió emocionada: “Sí, la comandante Olga es el seudónimo de tu hermana, Gladis”. En  los minutos siguientes, luego de esta inesperada respuesta, todo pasó frente a los ojos de Nancy como una película a cámara rápida. Lo que podía captar era que su hermana mayor, Gladis, tenía un nombre clave: “La comandante Olga”, con el cual fue localizada por este campesino con algún fin, y al parecer, todos en la casa tenían conocimiento de aquello menos ella. Todo indicaba que Nancy se hallaba en medio de una situación seria, y ella iba a averiguar de qué se trataba.

El campesino se hallaba dentro de la casa sentando en un taburete de madera en el patio interior. Allí Nancy pudo detallarlo mejor. Era de contextura delgada, moreno, pequeño en estatura, tenía un bigote negro y un cabello lacio del mismo color. Gladys, la hermana mayor, había regresado con algunos implementos para pintar el cabello, lo cual comenzó a hacer enseguida sobre el recién llegado huésped. Nancy sabía lo que estaba haciendo su hermana no llevaba a ningún tipo de lucro; todo era parte de una “misión”.

El panorama le tornó mucho más claro cuando comenzó a relacionar las palabras que salían de las conversaciones entre el campesino y los demás miembros de su familia: Montañas, armas, raciones de comida, ejército. Nancy lo entendió: el supuesto campesino era en realidad un guerrillero comunista venezolano que ahora estaba escondido en su casa. Los recuerdos de infancia invadieron a Nancy: Su padre desvelándose todos los días para oír Radio Rebelde, emisora de los guerrilleros cubanos de los años cincuenta. Si alguien sabía que él estaba escuchando esa emisora su padre podría ir preso. Ahora en el presente Nancy sabía que si alguien daba con el paradero de este guerrillero, iba a haber problemas.

Para la noche, el guerrillero ya no tenía bigote y su pelo irradiaba un color rojizo oscuro. Nancy supo que el guerrillero pernoctaría allí, y que se iría muy temprano en la mañana con destino a Mérida, donde iría a la Universidad de los Andes para reunirse con líderes estudiantiles y planear sus próximos movimientos.

No había salido el sol, y al día siguiente Nancy ya estaba despierta, ávida de ver el final de este episodio. Un hombre con un impecable flux azul y camisa blanca estaba parado en la salita de la casa y sostenía lo que parecía ser la cédula de identidad de su hermano, Adonai. Misión cumplida: El guerrillero había cambiado de identidad, era irreconocible, hasta para las autoridades.

Por el mismo camino que vino a su posada de turno caminaba el guerrillero alejándose cada vez más. Mientras lo veía irse, Nancy se imaginaba cuántos escondites más encontraría, cuántas aventuras más viviría, cuántos personajes más encarnaría…el huésped cambiante.

Ilustración por: Andrea Karola/  Escrito por: Mariolga Vilchez

Después de un largo día, salgo a toda velocidad de mi trabajo, se hace tarde para el partido, y a pesar del congestionado tráfico, no puedo dejar de detenerme a comprar cosas de color vinotinto que nunca pensé tener. Finalmente en casa, sentada frente a la TV con la adrenalina a millón, en espera del tan esperado juego, en la pantalla, puedo verme reflejado portando esa camiseta de “mi equipo” y automáticamente me pregunto. ¿Por qué ahora sí y antes no? Después de pensarlo por un momento, caí en cuenta que estaba viendo una realidad que nunca antes había visto.               .

Los venezolanos tenemos grandes talentos que nos representan a nivel mundial y no hemos creído en ellos. ¿Cómo entonces podemos pedirle a los demás que crean en nosotros? Todas esas personas son un orgullo para todos los venezolanos y no les hemos dado el respeto y mérito que merecen, siempre nos fijamos en los logros de los demás países y no en los nuestros. La vinotinto está despertando eso en los venezolanos y les está abriendo los ojos para ver eso que nunca habíamos querido ver.

Sólo queda creer en nosotros mismos, sentirnos venezolanos y estar orgullosos de ello;  no solo en los triunfos sino también en las derrotas.  “Brillamos en una fiesta a la cual no estábamos invitados y ganamos el respeto que tanto necesitamos y merecemos”.


Ante la pretensión de “apagar la luz” del conocimiento con un paro universitario principalmente incentivado por el gremio profesoral, estudiantes de la Universidad del Zulia encendieron una fogata de conocimiento y debate plural en la Facultad de Humanidades realizando el Taller de Fotografía Básica de Estudiantes para Estudiantes. Las primeras dos clases del taller se realizaron los días 1 y 2 de Junio, ambos eran fechas de paro.

En sólo un mes, los estudiantes han perdido cerca de diez días de clases debido a los desconsiderados paros profesorales, los cuales sospechosamente arreciaron luego del aumento del 40% decretado por el ejecutivo nacional el pasado 28 de Abril. Así, la mentada acción reivindicativa se raja para oler a táctica política, dirigida principalmente la tendencia dominante en la Federación de Asociaciones de Profesores Universitarios de Venezuela (FAPUV).

Con esta “clase de todos” materializada en un taller de fotografía, los estudiantes una vez más demuestran que son “la levadura del pan que saldrá del horno con toda su sabrosura”, los únicos garantes de la LUZ contra las sombras, los capaces de todo por la libertad, la academia y la igualdad social.

Esa fría y lluviosa mañana debía cumplir una necesidad de todos los días. Apenas terminó la clase, corrí como pelotero a home en un partido de beisbol. La fetidez de los dragones se hacía cada vez más y más intensa; sí, como si fuese la pista para llegar a los baños de la escuela de comunicación social.

Al estar dentro del lagarto indonesio habían cuatro cubículos; dos siendo usados y los otros dos clausurados, el primero por sustancias fisiológicas y el último por un pupitre roto y una bolsa negra en el piso cubriendo así una de las gargantas del dragón. Tuve que esperar mi turno mientras veía todo lo que me rodeaba.

Una papelera ubicada en una húmeda esquina contenía todos los desperdicios de higiene femenina y no tan femenina. A su lado un cascanueces alto de plástico azul y sin sombrero, lleno hasta la mitad con agua pero sin tuberías que lo relacionaran con los retretes o los lavamanos, en sus pies un grifo sin llave liberadora del vital líquido.

Se abrió uno de los cubículos indonesios. Sobre sus puertas posaba un periódico reciclado con palabras de llamado: “Área fuera de conciencia ¡ O los cuidamos, o nos callamos!” ¡O nos callamos? ¿o nos infectamos? Pensé. El interior era igual de asqueroso, papeles usados en el piso absorbían el líquido amarillento; mientras ayudaba al desborde de la tráquea llena de urea humana, leía las tiernas dedicaciones sobre la puerta de un léxico muy amplio y una sintaxis excepcional.

Después de vaciar el tanque mi papel acompañaría al resto en la papelera principal. Giré la llave de los 4 grifos y sólo uno, el último, proveía agua. Llamó mi curiosidad que uno de los lavamanos que no suministraba agua tuviera un lago contaminado. Entre tanto lavaba mis manos percibía nuestro reflejo cuarteado, el mío y el de otras chicas que entraban. El espejo roto descansaba sobre lozas que una vez fueron blancas y estuvieron completas. Finalmente salí de la boca del dragón sin ser envenenada, sobreviví.

Escrito por Jennifer Salcedo (2do semestre de Com. Social)
Fotografía: Cassandra Cremi


Comenzaremos a publicar las fotografía que en cada uno de nuesros números aparecen en la sección “Puro contraste”. Aquí va la del número seis, lanzado el 16 de Junio del 2011

 

 

Heme aquí por enésima vez en la línea formada por parte de la población de LUZ, que además de ser el lugar donde estudiamos, es sitio para entender que todos los que allí hacemos vida tenemos algo en común. Esperamos por esa nave terrestre que nos transporta a otro planeta perteneciente a esta compleja constelación.

Al fin, la nave está aquí; ahora la carrera por ser uno de los afortunados astronautas que lo abordaran ha empezado. Pero ya es suficiente con la jerga astronómica; aquí empieza lo bueno. Al subir las escaleras del bus, sentí como el olor a chatarra oxidada y asientos empapados de distintos tipos de sudores como los de estudio, los de trabajo u otros que espero tener el placer de jamás deleitarlos, se filtraban por mis orificios nasales.

Me sorprendió el conductor, que más que componer otro de los muchos trabajadores que laboran en esta universidad, parecía más bien otra pieza que constituía a esta carroza. Tenía un rostro carente de emoción; apuesto que de tener algo de vallenato a volumen ensordecedor su rostro manifestaría algo distinto a lo que un radiador, un carburador, un volante u otra pieza automovilística expresase

Me sostengo con fuerza de ese tubo que ha de haber tenido más manos sobre él que cualquier otra prostituta, incluso en un día de quincena, y cuya función es mantener a los estudiantes sin asiento a salvo, que de no estar, muchos caerían victimas del rudo manejo del chofer. Me desplazo lentamente hacia la parte trasera del autobús, tal y como lo indica el recolector; cuyo vocabulario consiste en numerosos halagos y diferentes groserías, que no extrañan nada al más tosco camionero.

Mientras me abro camino entre la aglomeración de estudiantes, logro contemplar un asiento libre al final de la multitud. Me dirijo a él con precaución, tratando de que ninguna de las partes erógenas de mi cuerpo roce con las de alguna de las damas que se encuentran de pie, o mucho peor, con las de un caballero cuyo infortunio sería el mismo.

¡Finalmente llegué  a mi asiento! Y me pregunto si todos esos sudores, roces y otras diferentes sensaciones valieron la pena por tan sólo unos minutos que mis piernas agradecerán. Espero que el comedor esté más cerca de lo que creo, ya que tan pronto logre desabordar este “hedor con ruedas”, le pediré gentilmente a mi amiga “Fabi”, que me convide de ese colorido envase de gel anti bacterial que conserva en su bolso para este tipo de ocasiones.

¡Oh! Disculpen, pero debo ceder mi asiento a esa bella señorita.

Escrito por Jorge Luis Briceño (1er semestre, Com. Social)
Fotografía: Cassandra Cremi (7mo semestre Com. Social)

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